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Marchas por la libertad Luis Miguel Rionda (*)   La política de demolición de instituciones que han aplicado las dos últimas administraciones federales ha provocado reacciones ciudadanas de rechazo, patentes en las marchas multitudinarias y pluricitadinas del 13 de noviembre de 2022, del 26 de febrero de 2023, y las del 18 de febrero y 20 de mayo del 2024. Cientos de miles de mexicanas y mexicanos salimos a las calles de entre sesenta y cien ciudades del país para exigir el respeto a instituciones democráticas como el INE, el Poder Judicial, los órganos autónomos, así como la competencia electoral en condiciones de equidad. La mayor parte de los que salimos a protestar a las calles fuimos mayores de 40 años. Los jóvenes participaron de manera marginal, pero significativa. Los denominados millenials y centenials nacieron en un entorno de paz social, con derechos salvaguardados por instituciones fuertes creadas en los últimos 30 años. La democracia electoral fue una realidad desde 1997, y se avanzaba lento, pero seguro, hacia la democracia social. Esta afirmación se soporta en la evolución del índice de desarrollo humano entre 2000 y 2022 (http://t.ly/FvHNf). Hasta el 2000 las marchas de protesta fueron patrimonio de la izquierda, primero de la izquierda militante y a partir de 1997 de la oficialista, que copió los métodos de acarreo y teatralidad de las manifestaciones multitudinarias de la vieja hegemonía priista. Pero en 2004 se volteó la tortilla: los ciudadanos comunes retomaron la iniciativa callejera cuando el 27 de junio se desplegó la enorme “Marcha Blanca” o “Marcha del Silencio” en la CDMX y otras localidades del país. El clamor social se alzó en contra de la ola de violencia criminal que ya era intolerable desde entonces, con el pasmo de las autoridades federales y locales. El jefe de gobierno López Obrador la calificó como la “marcha de los fifís”. El sábado 15 de noviembre pasado nuevamente la sociedad civil se lanzó a las calles de cincuenta ciudades del país. Pero ahora algo cambió: los impulsores fueron los chicos etiquetados como la “generación Z”, nacidos entre mediados de los años noventa y la primera década del siglo XXI: jóvenes en edad universitaria o de reciente inserción al mercado de trabajo. Ellos convocaron, pero fueron seguidos por una enorme variedad de componentes sociales y etarios: el movimiento del Sombrero, las madres buscadoras, las feministas, los trabajadores del estado y del poder judicial, la clase media informada, los agraviados por el crimen incontenible, los universitarios, los campesinos sacrificados por el mercado, los defraudados por la demagogia populista, etcétera. En Guanajuato tuvimos marchas considerables en León, Irapuato y Celaya. En la capital hubo una manifestación de alrededor de 50 chicos estudiantes de la UG, en particular de la carrera de Ciencia Política y de Derecho, que un par de días antes le habían aplicado una zarandeada de época al histriónico senador Fernández Noroña. En toda la república se vivieron jornadas de indignación y protesta, de rechazo a las políticas insanas del partido-movimiento en el poder. Pero tranquilas. Fue en la ciudad de México donde se le tendió una trampa a la movilización; el Zócalo se convirtió en una nasa de pesca: con una sola entrada y pocas salidas. El “bloque negro” se lanzó nuevamente para desvirtuar una manifestación opositora, y poder tacharla de violenta. Los policías y granaderos usados de carnada, y luego precipitados a reprimir con gases, escudos y violencia tumultuaria. Luego supimos que muchos manifestantes se convirtieron en presos del régimen. Ninguno del bloque negro.   (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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Tiempos oscuros Luis Miguel Rionda (*)   La autodenominada cuarta transformación ha acumulado siete años detentando el poder ejecutivo y la mayoría en el legislativo, ambos federales. A esto se suma su control sobre la Comisión Nacional de Derechos Humanos desde hace seis años, del INE desde hace dos años y siete meses, del INEGI desde hace casi cuatro años, y el intento de colonizar al Banco de México hace casi cuatro años. Y ahora cumple un mes y medio gobernando al Poder Judicial y a su Suprema Corte. Han desaparecido ocho órganos autónomos: el Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI), el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece), el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), su sucesora la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación, la Comisión Reguladora de Energía (CRE) y la Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH). Sus funciones han sido asumidas por diversas áreas de la administración central. Es evidente el objetivo: centralizar el poder en manos de una élite recargada, con viejos priistas, perredistas y panistas, defensores de una convicción estatista y autoritaria que fue característica de los gobiernos del nacionalismo revolucionario de hace medio siglo. Parece el culmen de un proceso reciente. Me explico: la ventana democrática que se abrió desde 1997 hasta 2012 comenzó a cerrarse con la reforma política de 2014. La presidencia priista de entonces acordó en el Pacto por México, cuyo compromiso 90 incluyó “crear una autoridad electoral de carácter nacional y una legislación única, que se encargue tanto de las elecciones federales, como de las estatales y municipales.” Ese postulado significó el principio del fin de la transición democrática. El centralismo electoral se emparejó con la reconcentración en otros ámbitos, como el educativo, el judicial, el económico, la seguridad y otros. Estoy convencido de que el federalismo mexicano ha tenido una historia de altibajos. De tiempos recientes sólo recuerdo a la administración de Ernesto Zedillo como un intento genuino de recuperar el orden federal con su “nuevo federalismo”, que contrapuso al “auténtico federalismo” de la oposición. Fox mantuvo esa tendencia, más por desinterés e ignorancia que por compromiso; Calderón frenó el proceso, obligado por las tendencias centrífugas que impuso el crimen organizado y los cacicazgos políticos locales, y Peña Nieto de a tiro metió reversa, con su pacto antifederalista. Pero los gobiernos de AMLO y Sheinbaum han profundizado el centralismo, y han desmantelado el sistema de pesos y contrapesos de la división de poderes. Hemos retornado al caudillismo de Calles, Obregón y Santa Anna. De nuevo somos un país monocromático donde las decisiones públicas importantes se toman no desde el palacio virreinal, sino desde un rancho de la selva chiapaneca. La oposición es apaleada o cooptada. Los críticos perseguidos. La asunción de un cogobierno con los criminales asesinos. Con el ejercicio de la mentira como mensaje mañanero cotidiano. Tiempos oscuros son estos. Post scriptum: El 17 de enero de 2014 publiqué en Milenio León un artículo que intitulé “Cómo duele Michoacán” (https://t.ly/D2vg_). Las condiciones y los actores han cambiado, pero no así la constante: la violencia social. Manifiesto hoy que Michoacán me sigue doliendo en el alma… (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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México bronco Luis Miguel Rionda (*) La violencia política sacude a Michoacán y a México. En lo que va de la administración de la presidente Sheinbaum han sucumbido asesinados diez alcaldes, tres de ellos de Michoacán (Cotija, Tacámbaro y Uruapan). El resto ha sido ediles de Oaxaca, Guerrero e Hidalgo (https://t.ly/RftD-). En Guanajuato todavía recordamos las ejecuciones de la candidata del MC a la alcaldía de Moroleón Alma Ríos Barragán el 25 de mayo de 2021, y de Guillermo Mendoza, hijo del presidente municipal de Celaya el 17 de agosto de 2022. El dominio de los cárteles de la delincuencia organizada se ha arraigado en entidades donde históricamente han florecido movimientos violentos de todo tipo: guerrilleros, bandidos, cuatreros, asalta diligencias y demás delincuentes. Recuerdo a Manuel Lozada, el “tigre de Álica” en el siglo XIX, imponiendo su ley personal en Nayarit, Sinaloa y Jalisco; Heraclio Bernal, el “rayo de Sinaloa”; los “Plateados” que asaltaban diligencias y violaban mujeres; Doroteo Arango, alias “Pancho Villa”, en Durango y Chihuahua; Jesús Malverde, patrono laico de los narcos; etcétera. Más cerca en el tiempo perpetraron violencia los guerrilleros de la Liga Comunista 23 de septiembre; el líder Rubén Jaramillo en Morelos, los profesores Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en Guerrero (éste secuestró al senador Rubén Figueroa en 1974), y así, muchos “rebeldes primitivos”, en el término empleado por el estudioso Eric Hobsbawm, que enarbolaban causas políticas y sociales, pero que no le hacían feo a los beneficios económicos de su actividad delictiva. El llamado “desarrollo estabilizador” de esos años no trajo consigo paz social. Luego, el neoliberalismo de los años noventa y el inicio del siglo XXI tampoco logró pacificar los focos rojos de violencia, que se acrecentó con el cambio del modelo internacional del trasiego de drogas, cuando su foco se trasladó de Colombia hacia México, donde los incipientes grupos delincuenciales se vieron fortalecidos por la ausencia de una política de Estado que los combatiera. Más bien se vio lo contrario: la connivencia del poder político con los nuevos capos que proliferaron en la mayoría de las entidades y muchos municipios. La violencia que hoy padecemos en el país no es gratuita ni es espontánea. Tiene raíces profundas en el “México bronco” que tanto temía don Jesús Reyes Heroles. La debilidad de los valores ciudadanos de gran parte de nuestra población, reflejo de un sistema educativo inconsistente y de baja calidad, ha favorecido que los sectores sociales más marginados, en su desesperación, volteen nuevamente hacia la salida fácil de la trasgresión criminal. Es la “anomia” social de la que hablaba Durkheim, el padre de la sociología. Alrededor de 450 mil asesinatos dolosos se han acumulado en los casi veinte años del inicio de la guerra contra los capos. Un promedio de más de 30 homicidios anuales, según El País (https://t.ly/G5ZHe), a los que hay que sumar los desaparecidos, que se incrementan a mayor ritmo. Se requiere de una política de Estado, de largo plazo, que atienda las causas, pero que también combata los síntomas. No más excusas ni señalamientos a un pasado que es irremediable. Sólo el futuro está a nuestro alcance. (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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Centralismo Electoral Luis Miguel Rionda (*)   El día de hoy tiene lugar en el auditorio Mateo Herrera del Forum Cultural Guanajuato, en la ciudad de León, una audiencia libre para recibir propuestas para la reforma electoral que está cocinándose en la comisión presidencial ad hoc que conduce Pablo Gómez. Con ese pretexto comparto una reflexión sobre el mal del centralismo electoral que padecemos. Ninguna reforma electoral puede ignorar el orden político de corte federal que se dictó para nuestro país desde la constitución fundacional de 1824, ratificado por la constitución liberal de 1857 y la revolucionaria de 1917. El federalismo concebido como esquema de convivencia entre los diversos, los disímiles, que comparten una identidad nacional que los unifica pero con particularidades que los diferencian, incluso los separan. Para lograr esa unidad en la diversidad, los ideólogos liberales del viejo y del nuevo mundo concibieron el federalismo, en particular los padres fundadores de la democracia en los Estados Unidos de América: James Madison, Alexander Hamilton y John Jay, en sus famosos papeles federalistas. En México tuvimos también nuestros padres fundadores del federalismo. Fueron Miguel Ramos Arizpe, Lorenzo de Zavala y el guanajuatense José María Luis Mora. Muchos otros pensadores, políticos y activistas participaron en el impulso federalista mexicano, que reconoció que ni la Nueva España ni el naciente México se conformaron como un todo unitario, pues siempre se basaron en la diversidad y la multiculturalidad. La constitución de 1824 reconoció esa realidad, y con el respeto a las particularidades regionales garantizó la unidad nacional durante su vigencia. El federalismo ha tenido sus ventajas y sus desventajas para México. Pero sin duda ha posibilitado un régimen de respeto entre las entidades y el centro político nacional. Esto ha incluido al modelo electoral, que se mantuvo fuertemente descentralizado hasta 1946, cuando se “federalizó” el control electoral del padrón, el registro de partidos, de candidaturas, y los mecanismos de emisión y cómputo de votos. Desde esa fecha, cada nueva reforma político-electoral ha reforzado la centralidad en el desarrollo de las elecciones locales y federales. Tanto que la reforma de 2014 creó el Sistema Nacional Electoral, regido por el recién creado INE, que redujo el papel de los órganos electorales locales a simples ejecutores de los acuerdos emanados de la autoridad central. Pero esto fue un mal menor, si recordamos que el Pacto por México de 2012 contemplaba la desaparición de esos órganos locales para que sus funciones fueran asumidas por el nuevo INE. De nuevo se cierne la misma amenaza sobre el federalismo electoral. Se habla de la inminente desaparición de los mal llamados OPLE, para crear un leviatán megacefálico que absorba todos los procesos electorales y de consulta ciudadana, ignorando las contrastantes realidades regionales para imponer criterios generados desde una burocracia central. De concretarse, se trataría de un error histórico, una regresión hacia el centralismo que nos hizo perder Centroamérica, Texas y medio territorio. (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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Somos México Luis Miguel Riionda (*) La opción político partidista nacional que considero más auténtica y viable es la agrupación SomosMX, que aspira a ser reconocida como partido político en febrero del año próximo. Este germen partidista tiene sus raíces en las marchas nacionales de la Marea Rosa, como las del 13 de noviembre de 2022, 26 de febrero de 2023, 18 de febrero de 2024 y 20 de mayo del mismo año. Fue entonces que centenares de miles, millones incluso, salimos a las calles a demandar el respeto al orden democrático y liberal que estaba siendo vulnerado por el neopopulismo anacrónico de la denominada 4T. En el estado de Guanajuato hubo muy buena respuesta a las movilizaciones de la Marea Rosa y al movimiento político #FuerzaRosa. De igual manera fue buena la respuesta electoral detrás de la coalición del Frente Amplio por México, que logró el triunfo en la elección de la gubertura La inexistencia de dicha alianza fue la causa de la pérdida en la elección senatorial y en algunos distritos federales y locales, así como en ayuntamientos. Muchos participantes de la Fuerza Rosa terminamos decepcionados por las mezquindades de los partidos políticos, que nulificaron la enorme fuerza ciudadana detrás de las movilizaciones callejeras. En buena medida los políticos anacrónicos se sintieron amenazados por esta pleamar de ciudadanos honestos, alarmados éstos por la virulencia del partido violeta del rencor social. Sólo hay que recordar que prácticamente no hubo propaganda en la entidad en favor de Xóchitl, pero fue prolija la que promovió a la candidata panista a la gubernatura. Aprendimos por la mala que sólo la organización desde la base, sin compromisos ideológicos pero sí programáticos, proporcionaría una nueva legitimidad a un movimiento que se decidió por la participación electoral. Es cierto: fuimos y somos clasemedieros, ilustrados los muchos, preocupados los más, esos que integramos el movimiento social. Solidarios somos con los pobres, pero conscientes de que las dádivas no rescatan de la pobreza, y sí el esfuerzo cotidiano y superador. La persona como eje del desarrollo, y no el estado paternalista. SomosMX ha podido organizar exitosamente en el país 122 asambleas distritales, de las 200 que se requieren para el registro. Desgraciadamente en Guanajuato, la entidad con el quinto padrón más grande del país, con 15 distritos federales, aún no ha logrado organizar con éxito alguna asamblea distrital. Se intentaron las asambleas distritales del 06 (León) y 12 (Celaya), que quedaron fuera por muy poco; pero ahora se han vuelto a convocar para el siguiente domingo 12 de octubre en el Hotel Real de Minas de León, y en Celaya en el salón Quetzalli de la colonia Álamos. De igual manera, en el distrito 05 de León se convoca a la asamblea el domingo 19 de octubre en el salón Extravaganza de Mariano Escobedo. En el distrito 04 de Guanajuato capital se está convocando a asamblea el 9 de noviembre, en un lugar por confirmar. Espero que nos veamos en alguno de esos espacios ciudadanos.(*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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Comunicación Política y Mitos Luis Miguel Rionda (*) El miércoles pasado tuve el gusto de participar virtualmente en el XI Congreso Internacional en Comunicación Política y Estrategias de Campaña, organizado por la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales (ALICE), en conjunto con la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Granada, España. Fui invitado a presentar una ponencia en la mesa “Comunicación política, ciudadanía y democracia en América Latina”, que coordinaron mis queridas colegas doctoras y politólogas Martha Nateras González (UAEMex) y Diana Sánchez Romero (UAM-I), ambas miembros, como yo, del consejo directivo de la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales. La ponencia que expuse se intituló “El retorno del código populista en México y sus significados para un nuevo orden social estatista”, y fue un esfuerzo inicial de abordaje teórico de la evolución de los códigos de comunicación que se ha experimentado en nuestro país en su existencia independiente. Particularmente el retorno a viejos esquemas simbólicos de corte populista en años recientes. Afirmé que la comunicación política en México se ha visto transformada profundamente desde el arribo al poder federal del nuevo partido político Morena, y su autodenominada ‘Cuarta transformación’ (4T), proyecto político que se asume progresista y heredero de las tradiciones impuestas por los regímenes posrevolucionarios del siglo XX, que abrazaron como ideología el ambiguo “nacionalismo revolucionario”, que acentuó los referentes comunicativos al idealizado pasado prehispánico y liberal de los siglos previos. Dentro de la retórica del nacionalismo revolucionario se hacía referencia frecuente a los símbolos recreados y reinventados por las élites criollas y mestizas, que cosificaron la memoria colectiva alrededor de símbolos y mitos originarios, como la legendaria fundación de Meshíco-Tenochtitlan, las menciones habituales a la grandeza de un pasado nativo elevado a la categoría de los clásicos, y por supuesto la demonización de los tres siglos coloniales, que fueron redefinidos como un paréntesis dañoso en la historia patria. Los liberales y los revolucionarios redefinieron el pasado, y construyeron una visión idealizada de una línea progresiva que, aunque fue interrumpida por el oprobio de la conquista, se retomó gracias a la primera transformación que significó la revolución de independencia. Siguieron la segunda (Reforma) y la tercera (Revolución) transformaciones, desde la interpretación simplista de los teóricos de la 4T. Cada una de ellas con su mudanza de códigos comunicacionales. Pero la última T significó una involución hacia el populismo autoritario del siglo pasado, que hundió al país. Con ese retorno se retoman elementos simbólicos de un pasado indígena mitificado y acartonado. Nuevamente se manosean las culturas originarias del presente para convertirlas en reservorios morales de un orden social estatizado y mestizo. Eso implica una nueva apropiación de significados pretéritos, ahora recargados con un nuevo mesianismo político. Una nueva hegemonía partidista. Apenas algunos apuntes, que pienso seguir desarrollando…     (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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Fe o Libertad Creativa Luis Miguel Rionda (*) Las universidades en general, pero muy en particular las públicas, deben regirse por principios como el laicismo y las libertades de expresión, de cátedra, de investigación y de creación. Esas derechos son parte del universalismo, la inclusión y la tolerancia hacia los componentes de una sociedad pluralista y compleja. Con frecuencia olvidamos que nuestras convicciones personales de corte moral o religioso no pueden imponerse al resto del conjunto, y caemos en el fanatismo y la intolerancia. Podemos debatir o defender nuestras certezas, pero no imponerlas. El jueves 11 pasado la Universidad de Guanajuato (UG) determinó cerrar anticipadamente una exposición de artes visuales denominada “Iconoclasia”, del joven artista Edder Martínez, montada en la galería Jesús Gallardo. Al parecer la UG lo hizo en respuesta a la inconformidad pública de grupos católicos y diocesanos. Eso desató una intensa polémica en redes sociales que dividió las opiniones entre los ofendidos por el contenido de la muestra, y los defensores de la libertad de expresión. La exhibición presentó siete imágenes de Cristo crucificado, intervenidas con motivos gráficos que hacen referencia a opciones alternativas de género y sexualidad humana. Concuerdo en que es de mal gusto juguetear con figuras que tienen un alto contenido sacro, como lo es la representación icónica del máximo mártir de la fe cristiana. Pero también creo en la libertad de expresión artística, y que el arte tiene derecho a experimentar. No concordé con la decisión institucional de cerrar la muestra antes de su término. Eso empeoró las cosas y provocó reacciones de grupos de jóvenes universitarios que se solidarizaron con su compañero. Se proyectó una imagen de un colectivo temeroso ante actores externos que no son amistosos con las libertades de credo y de creación. En estos casos la mejor estrategia es la prevención de los eventuales efectos de este tipo de ejercicios de libertad. Si se quiere colaborar en la preservación de la armonía social y evitar ofender a sectores de la comunidad, lo racional hubiera sido tomar decisiones preventivas antes de autorizar su apertura. Prevención antes que coerción. El arte también se rige por la ley de la oferta y la demanda. Si la exposición resulta repulsiva para algunos –o para muchos— se tiene a mano la mejor herramienta de veto: la no asistencia. ¿No te gusta? No vayas, no contribuyas con tu presencia a la fama precoz de un artista anhelante. Pero lo contrario, la simpatía con el creador, también se vale…     (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRiond

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  Columna Diario de Campo Séptima Bienal Luis Miguel Rionda (*) El pasado martes 9 dio inicio la séptima bienal internacional “Territorios en Movimiento” en el Forum Cultural Guanajuato; un encuentro académico propiciado por la División de Ciencias Sociales y Humanidades del Campus León de la Universidad de Guanajuato. Este encuentro de especialistas en desarrollo regional, movilidad y las problemáticas ligadas a las complejidades sociales en un mundo convulso, tuvo su origen el 21 de noviembre de 2012, cuando se inauguró la primera bienal. Estas tertulias bianuales sólo se interrumpieron en 2020 debido a la pandemia, pero se retomaron al año siguiente. Los participantes son en su mayoría académicos de formación y vocación, pero también han participado empresarios, líderes sociales, estudiantes y analistas atraídos por la posibilidad de compartir y debatir sobre asuntos sociales que a todos nos inquietan. En esta edición se decidió enfocar los análisis alrededor del eje “Escenario y condiciones de las nuevas transformaciones sociales en México y América Latina”. Se explicó en la convocatoria que “El mundo en 2025 se encuentra ante varias encrucijadas que son escenario y fuente de los cambios sociales ya a la vista. Destacan dinámicas como la de los flujos migratorios; la profundización de desigualdades e injusticias en sociales y ambientales; un mundo si bien más interconectado […] con incertidumbre y dilemas éticos ante la emergencia en la vida cotidiana de la inteligencia artificial; una economía global, que después de la pandemia, se ha dinamizado de forma desigual […]; intentos de proteccionismo y rompimiento de acuerdos de intercambio comercial […]; presiones geopolíticas a partir de conflictos bélicos recrudecidos en Ucrania e Israel […]; procesos políticos de cambio en diferentes países […] basado en la polarización, simulación de los procesos participativos, efectiva concentración de poder, y en algunos de los casos, continuidad en los esquemas de corrupción, quiebre del estado de derecho y hasta violación de los derechos humanos.” Los diversos análisis se desplegaron en diecisiete mesas temáticas, divididas en varias sesiones de trabajo. Se presentaron 240 ponencias firmadas por 389 ponentes. Todos ellos    

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  Indigenismo de cartón Luis Miguel Rionda (*) Los nuevos actores del poder en México han transformado el discurso tradicional de la política nacional. Antes de 2018 los líderes políticos compartían más o menos un mismo modelo en sus contenidos comunicativos: el desarrollismo como objetivo común, el individualismo liberal, el énfasis en el emprendedurismo y la apuesta a la apertura globalizadora. Gobiernos priistas y panistas compartían, con matices, estos propósitos. Al menos en el discurso público. Incluso la izquierda empoderada había abandonado los dogmas del socialismo estalinista, y se había amoldado a las nuevas tendencias de la socialdemocracia de Tony Blair y Felipe González. Eso fue evidente en las administraciones de Mancera y Ebrard en la CDMX. A partir del arribo de AMLO a la presidencia de la república se abandonó esa vieja liturgia cívica, y se asumió un nuevo código de símbolos e imagen pública: el neoindigenismo reivindicativo, que abrevó del mítico pasado prehispánico y reinterpretó sus significados. Todos recordamos el ceremonial que se montó en el Zócalo luego de la juramentación del cargo: sahumadores con humo de copal, jaculatorias en náhuatl, otomí y mazahua, ojos de dios huicholes, danzas propiciatorias, limpias con hierbas para alejar malos espíritus, y por supuesto, los bastones de mando. Múltiples personajes acudieron disfrazados de indios guadalupanos, otros con penachos, máxtlatl (taparrabos) y guaraches nuevos. Esta ritualidad se ha repetido múltiples veces en actos públicos de todo tipo. A veces rozando en lo ridículo o en la banalidad. Así fue con la folclórica inauguración de la Suprema Corte y el poder judicial. Las togas con flores bordadas y los bastones de mando acompañarán al mazo justiciero. De nuevo se acude a la reserva moral de los pueblos originarios, que son asumidos como remanentes fosilizados de civilizaciones suprimidas por los brutales colonos ibéricos. A esta reinterpretación de las culturas originarias yo la denomino “indigenismo de cartón”. Se trata de una paráfrasis contemporánea de una antigüedad idealizada, que sólo conocemos por limitadas referencias materiales y testimoniales. Los actuales pueblos y culturas están demasiado intervenidos por la cultura occidental, y no pueden asumirse como restos arcaicos de un pasado con más de 500 años de distancia. Los pueblos y culturas “indígenas” –etiqueta inventada por los colonizadores— no deben ser cosificadas, homogeneizadas y asumidas como entes exánimes detenidos en el tiempo. Son realidades actuales, diferenciadas, dinámicas y adaptables, que han sabido buscar el progreso material y la asunción crítica de sus derechos y libertades. El liberal Juárez así lo reconoció hace siglo y medio. El neoindigenismo profesa la filosofía del New Age: es ecléctico, idealista, superficial y oportunista. También es woke: se asume progresista, pero tiene la mirada puesta en el pasado. La cuatroté ha descubierto su propia veta de buenismo pequeño burgués en ese indigenismo de nylon (diría Salvador Novo) por su artificialidad. Fuente pródiga del nacionalismo pedestre del 15 de septiembre, pero útil para engañar a un país en busca de identidad.     (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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  Odio y Exclusión Luis Miguel Rionda (*) Las crecientes redadas de la agencia ICE (Inmigración y Control de Aduanas, en sus siglas en inglés) del gobierno federal de los Estados Unidos, han conducido a las comunidades latinas e inmigrantes a un estado de angustia y zozobra permanente. Trabajadores jóvenes y viejos, hombres y mujeres, con o sin documentos, pero todos aportando sus esfuerzos cotidianos a la construcción de una vida mejor, de un país mejor, temen salir a las calles o acudir a sus centros de labor por miedo a ser víctimas de razzias indiscriminadas: esas batidas armadas en las que agentes migratorios, uniformados o no, arrestan con violencia física o simbólica a los desafortunados del momento. La propaganda que rodea a estos operativos está rayando en el racismo y la xenofobia. En las redes sociales circulan invitaciones oficiales o informales a denunciar a los “invasores extranjeros”, a los “delincuentes ilegales”, a esos “bad hombres”, que invaden impunemente el paraíso americano, reservado por Dios para la población WASP (White Anglo Saxo Protestant). Para colmo, el patrioterismo se está empleando como recurso para fomentar el odio social contra los inmigrantes. Si usted no me cree, consulte la página oficial de reclutamiento de personal para el ICE: https://www.ice.gov/return La conocida imagen del Tío Sam (Uncle Sam: US), que se ha vinculado a las aspiraciones nacionalistas y nativistas de los colonos blancos, hace un llamado a agentes veteranos en licencia: “La Administración Trump está plenamente comprometida con el apoyo a los dedicados profesionales de las fuerzas del orden que protegen nuestras fronteras, a nuestras comunidades y a nuestra seguridad nacional y pública.” Pareciera campaña de reclutamiento para defender a la Patria blanca y próspera contra la invasión perpetrada por los nativos de una nación alienígena, ese país ignoto denominado “Extrangia”, donde habitan oscuros criminales malvivientes que sueñan con apoderarse del American Way of Life. Dijo Trump que esos invasores son “the worst of the worst”, y por lo tanto dignos de ser atrapados, recluidos y expulsados sin derecho alguno a defensa. Miles, tal vez millones de familias de indocumentados temen por su permanencia y su futuro. De nada vale el estatus migratorio si te toca la mala suerte de ser atrapado por los escuadrones encapuchados de la migra. La amenaza es cotidiana y la angustia permanente. Para colmo, el perfilado racial es el criterio principal de actuación: ¿es moreno y bajito? Criminal seguro. No English? Peor tantito. La tierra de las oportunidades se torna en arena de lucha desigual entre nativistas furibundos y fuereños aterrados. No importa que los inmigrantes sean de extrema necesidad para amplios sectores de la economía: son frijoleros grasosos que desentonan con los bien cuidados jardines de los güeros patrones tacaños. El destino de ese país transita por la solución de una contradicción de origen: ¿son o no son la nación de la inclusión? ¿Son el reino de las libertades modernas, como el derecho al libre tránsito y a la libertad de trabajo? ¿Son la Nueva Jerusalén, donde impera el amor por el prójimo? ¿O son el baluarte de la exclusión, donde los únicos salvos son aquéllos elegidos por un Dios blanco? “Y quienes no fueron elegidos, llamados ni predestinados no pueden ni serán salvos” (Juan 6:44).       (*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda

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