Columna Diario de Campo

Nubes de humo

Luis Miguel Rionda (*)

Los informes de gobierno de los mandatarios mexicanos han sido, desde su origen en tiempos de Guadalupe Victoria, un ritual propiciatorio cuasi mágico pleno de autoelogios, enaltecimiento cortesano y adulación servil hacia la figura central del presidente o del gobernante respectivo. Recuerdo bien los elaborados ceremoniales del “día del presidente” en los años setenta y ochenta, con Díaz Ordaz, Echeverría o López Portillo. El día era feriado nacional. Las calles del centro de la CDMX y el Zócalo se cerraban para contener enormes contingentes de obreros, campesinos y empleados, todos acarreados, que hacían enormes vallas humanas para delimitar el recorrido triunfal del señor presidente en su elegante automóvil descapotado, desde donde saludaba, afable, a los agradecidos gobernados en medio de una lluvia intensa de confeti tricolor.  

Por cierto, la historia del vehículo fue interesante: se trataba de un Mercedes‑Benz 300 descapotable 1959, la gran berlina de representación 300d Cabriolet D, serie W189, conocida también como el “Adenauer”. Era un automóvil negro, de cuatro puertas, larga distancia entre ejes y amplio espacio trasero, que permitía al presidente viajar de pie, portar la banda presidencial y saludar al público. Lo emplearon Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y, todavía, José López Portillo. También transportó a John F. Kennedy durante su visita a México en 1962 (https://t.ly/osKoA).  

Luego hubo un Lincoln Continental descapotable de 1976. Fue un obsequio de Jimmy Carter a José López Portillo, y se volvió el automóvil ceremonial más reconocible de presidentes posteriores, especialmente durante los años ochenta y noventa (https://t.ly/xtTpD).  

Todo fue felicidad hasta que a Porfirio Muñoz Ledo, como diputado opositor, se le ocurrió interpelar al presidente Miguel de la Madrid en su último informe el 1 de septiembre de 1988, poco tiempo después de las polémicas elecciones presidenciales de ese año. Ahí se acabó el “día del presidente”. A partir de entonces los ejecutivos no se atreven a pisar el salón del pleno de la Cámara; es más, ni siquiera acercarse. El “diálogo republicano” entre poderes se convirtió en un trámite burocrático de entrega-recepción de un documento con el “estado de la administración pública nacional”, de manos del secretario(a) de gobernación, que suele escabullirse, como hizo Rosa Isela, para evadir los cuestionamientos de los grupos parlamentarios.  

El “mensaje político” presidencial desde Palacio Nacional de este martes primero ha sido el peor que yo recuerde. Pleno como nunca de lugares comunes, mentiras abiertas, información parcializada, descalificaciones sistemáticas y una actitud defensiva y paranoide, me pareció un esfuerzo de justificación de lo evidente: el marasmo, crisis y canibalismo de la 4T. La presidenta Sheinbaum involucionó hacia los gestos y expresiones propios de aquellos presidentes de la era posrevolucionaria. Muchas de sus expresiones las escuché de voz de Díaz Ordaz: engoladas, plenas de retruécanos fosilizados, muletillas vacías y clichés desgastados de la Revolución Mexicana, hoy Revolución de la Conciencias.  

La plataforma independiente de Verificado calculó que, de 21 afirmaciones en el mensaje revisadas, nueve resultaron verdaderas, seis falsas, tres imprecisas, dos engañosas y una inverificable (https://t.ly/tRTJu). Así se construye la utopía: con base en nubes de humo. 

 

 

 

 

 

(*) Antropólogo social. Profesor de la Universidad de Guanajuato, Campus León. luis@rionda.net – @riondal – FB.com/riondal – ugto.academia.edu/LuisMiguelRionda