Columna Diario de Campo

Cárdenas el fin de una era

Luis Miguel Rionda (*)

Ha muerto el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (1934-2026). El hecho me ha provocado muchos pensamientos. Creo que fue un hombre de su tiempo, miembro de la generación post revolucionaria o del “medio siglo”, como la denominó Wigberto Jiménez Moreno. Eran los “cachorros de la revolución”, que abrazaron el nacionalismo revolucionario desde interpretaciones diversas: desde el desarrollismo alemanista, de derecha pragmática y randa, hasta la izquierda cardenista, del solidarismo colectivista, pozo ideológico de Cuauhtémoc.

Su padre Lázaro, ya convertido desde los años cuarenta en la “esfinge de Jiquilpan”, vio con simpatía, o tolerancia al menos, cómo su hijo y su esposa se unían a la campaña henriquista de 1952, oposición de izquierda al candidato Miguel Alemán. Luego la familia se vinculó al Movimiento de Liberación Nacional de 1961, en defensa de la revolución cubana. Así comenzó el itinerario heterodoxo del hijo que no se limitó a seguir los pasos de su padre. Eso se refrendó en 1987, con el éxodo de la Corriente Democrática del PRI, que rechazó el autoritarismo político de los tecnócratas que rescataron al país del desastre de los populistas.

Pero Cuauhtémoc nunca fue un junior sicalíptico, como los que ahora vampirizan el sector público en la 4T.

Tuve la suerte de tratarlo en un par de ocasiones. La primera fue en 1983, en el V Coloquio de Antropología e Historia Regionales “Humanismo y ciencia en la formación de México” de El Colegio de Michoacán, en Zamora. Cuauhtémoc era gobernador de Michoacán desde 1980, y había apoyado mucho a la institución en aquéllos sus inicios. Don Luis González y González tenía proximidad con él, y era evidente que simpatizaban en ideología. Creo que no fue el único coloquio al que acudió. Como estudiante de maestría, pude saludarlo y cruzar algunas palabras con el gobernador. Me pareció amable, pero distante y poco expresivo.

En la segunda ocasión tuve más oportunidad de tratarlo. Mi amigo Herminio Martínez, el escritor, me invitó a participar en un encuentro con Cuauhtémoc en una librería de Celaya. Esto fue en agosto de 1933. El personaje estaba en campaña rumbo a la elección presidencial de 1994. Se trató de una reunión con académicos e intelectuales de Guanajuato, y fue una gran oportunidad para expresarle opiniones sobre la situación social, política y cultural de la entidad. Bueno, en realidad los que nos explayamos fuimos sus interlocutores. En mi turno pude explicar cómo nuestro terruño padecía las contradicciones de un desarrollo que fomentaba las desigualdades regionales; empleé la parábola de los “extremos de la medianía”. Él escuchó, no sé si atentamente pero sí sin hablar, mientras degustaba afanoso su nieve celayense en un ambiente de mucho calor por los numerosos asistentes.

Quien sí discurrió ampliamente con los expositores fue su porta bandera Jorge Castañeda, y se le agradeció. Al terminar la acalorada (literal) reunión, refrescada con helados de agua, Cuauhtémoc se retiró sin haber opinado gran cosa. Lo alcancé para obsequiarle un ejemplar de mi primer libro, que trataba sobre las causales históricas de la migración internacional en una comunidad michoacana. Creí que le interesaría el tema y el lugar, pero su indiferencia me hizo echar de menos mi ejemplar, que nadie leería.

En cambio, pude dialogar con Castañeda, quien sí me agradeció mi libro y al menos lo hojeó. Gracias a su urbanidad voté por el cariacontecido paladín de la izquierda. Pero siempre me inquietaron sus desplantes autoritarios, que parecían esconder una personalidad atormentada. Con el tiempo me convencí de que nos salvamos de una versión recargada del populismo.